LA PESADILLA DE EMMA

     la Pesadilla de EmmaLe había prometido a Anna, su mejor amiga, que iría de excursión con ella, pero aquella mañana se dijo que no quería ir. Había trabajado muy duro durante toda la semana y no le apetecía levantarse tan pronto. Muy a su pesar, se recordó a sí misma que hacía años habían decidido cuidar una de la otra, por lo que no tenía excusas para no levantarse temprano.

    Mientras se hacía la remolona entre las sábanas, oyó el timbre de la puerta con insistencia. Vaya, ya está aquí Anna, pensó. Parece que el tiempo me ha dejado abandonada a mi suerte… o eso, o Anna no sabe qué hora es, continuó cavilando… Cuando logró vestirse y salir por la puerta en diez minutos, quedó sorprendida por lo que vio. No era Anna la que había estado presionando el timbre perforándole los oídos, era alguien llamado Marc y de quien nunca había oído hablar. Después de dejar de dar voces para que bajara rápidamente, Marc, que por cierto no conocía el concepto “peine”, ya que su cabeza parecía un ovillo por el que habían pasado treinta gatos asustados, pudo decir las palabras accidente, tenemos y correr. Palabras que así dispersas poco tenían que contar. Aquel hombre con cara de niño, insistía en hacerla volar hacía su coche, como si correr fuera la última cosa que podían hacer antes de la destrucción de la tierra. Mientras corrían hacia el coche de él, Emma fue despertando a su cerebro, y así consiguió tener una clara conversación con aquel Marc, en la que descubrió que, Anna, su amiga del alma, estaba en paradero desconocido, precisamente en el bosque donde tenían que pasar aquel frío y lluvioso sábado.

    Una vez en el coche, se quedó dormida durante bastante rato. Al despertar, Marc no paraba de hacerle preguntas, según él, para conocerla mejor. Emma vio que habían hecho un largo camino, pero seguía llegando a la misma conclusión, aquel chico no le gustaba nada. Todo y teniendo su misma edad, parecía mucho más joven y desaliñado, conducía como si tuviera veinte años, y ellos ya pasaban de la treintena, era despistado y se aturullaba cada vez que quería comenzar una conversación. Al hilo de estos pensamientos, quiso mirarse en el espejo retrovisor para revisar su aspecto y, en honor a la verdad, lo que vio reflejado también parecía sacado de una película de aventuras, donde los protagonistas conducen un avión, saltan en paracaídas y van a parar a un portaviones escapando de algún peligro inminente. Este pensamiento le provocó una sonrisa, justo en el momento en el que Marc, le volvía a contar lo que había sucedido con Anna. Esa tenue sonrisa lo desconcertó, e hizo que apartara la vista de la carretera sólo unos segundos, aunque suficientes para que el coche fuera a parar en medio de un oscuro pinar. La escena hubiera sido bucólica, a no ser por una bandada de pájaros que salieron de entre unos matorrales cercanos, rompiendo el cristal delantero y abalanzándose contra ellos con una virulencia insospechada.

    Emma no se lo podía creer, hacía sólo dos horas que se conocían y todo lo que les rodeaba amenazaba desastre. Los dos resultaron heridos, pero a ella le tocó la peor parte, él parecía cojear ligeramente y ella tenía un feo corte en la mejilla que sangraba, así como diversos golpes en la cabeza. Con rapidez, Marc sacó un botiquín de su mochila y se dispuso a curarle las heridas, por suerte, dijo él, había hecho un curso de primeros auxilios hacía poco. Emma, con el susto todavía en el cuerpo, saltó como una hiena a punto de arrancarle los ojos por su torpeza. Definitivamente, él, no le gustaba, parecía un inepto con aquellas manos fuertes que no sabían ni frotar un algodón, por lo que intentó alejarse de él con furia. Sintió una punzada de ansiedad, ella sabía que les quedaba mucho camino por delante, ya que antes de estrellarse, tuvo tiempo de escuchar el plan del día, que era encontrarse en el refugio de alta montaña, desde donde se organizaba la búsqueda de su amiga Anna. Con aquella lluvia las carreteras estarían desiertas mucho tiempo y no veía donde guarecerse, por lo que dejó que Marc la convenciera. Él conocía el lugar, así que la podía guiar entre aquella maraña de ramas y árboles caídos para llegar lo más pronto posible. Enfadada y muy aturdida por el golpe, pensó que valía la pena intentarlo. Pero, ¿Cómo podía este chico guiarse entre la penumbra del bosque si no sabía ni conducir un coche? Se dijo. Lo que estaba claro era que no podía quedarse esperando en mitad de la carretera, la lluvia empezaba a caer con fuerza y el coche no resultaba un refugio seguro. En el momento de incorporarse y revisar sus heridas, pudo ver como una fauna variopinta ya se había apoderado del asiento trasero.

   Siguieron caminando, al parecer con un plan premeditado que Emma desconocía y aunque avanzaban con buen paso, el paisaje siempre era el mismo, los árboles amenazaban con arrancarle la ropa, los pájaros hablaban entre ellos con un lenguaje desconocido y ensordecedor y la tormenta se empeñaba en seguirlos a través del bosque. En mitad de la nada y con tanta lluvia, el paso se le hacía imposible, él iba delante, apartando ramas y hojas con marcada determinación, cuando de repente, un grito a modo de pregunta la sacó de su ensoñación.

   – ¿Qué te parece si nos quedamos en esta cueva hasta mañana y esperamos a que pare la lluvia? Le preguntó con entusiasmo su acompañante. Pregunta que la desconcertó totalmente, haciéndoselo saber con un guiño de disgusto.

   Este chico está mal de la cabeza, pensó. Ha perdido su coche, estamos en mitad de la nada, y se alegra por descubrir una pequeña cueva en la que no cabemos los dos. Sin perder la compostura, Marc ojeó la pequeña cavidad e intentó acomodar las mochilas y a ellos lo mejor posible. Una vez dentro le pareció un lugar bastante confortable. Por su lado, Emma se cercioró que no hubiera nada peligroso, pero conservando su enfado por aquel día tan horrible, de este modo aprovecharon para buscar en sus mochilas alguna chocolatina o algo para comer y recomponer fuerzas. Ella no había traído nada, había colocado en la mochila lo justo para cambiarse de ropa, mientras oía el timbre de su puerta a primera hora de la mañana. Él, en cambio, había traído la mitad del supermercado, todo colocado entre los muchos bolsillos de su fantástica mochila de Indiana Jones.

   Mientras Emma creía que el día podría cambiar a mejor, vio en sus propias narices como un pequeño lobo esperaba para comerse parte de su chocolatina. Con grandes aspavientos y elaborados insultos, salió corriendo de la cueva como alma que lleva el diablo sin volver la vista atrás, seguida por Marc, que no quería perderla en mitad del bosque. El animal, ajeno a tanto griterío, se instaló pacientemente en la cueva comiendo todo lo que ella había dejado por el camino. Cuando él consiguió alcanzarla, la zarandeó para hacerla entrar en razón y darle su mochila olvidada. Quería explicarle que en aquel bosque era normal ver a pequeños animales y que no hacía falta tener tanto miedo de un animal indefenso. Pero mientras él se dejaba llevar por su elaborado discurso, los ojos de ella no reflejaban tranquilidad, muy al contrario, mirando por encima de su hombro probaba de decirle balbuceando que, a su espalda, veía a la madre del pequeño animalito y a varios de sus hermanos con ella. La situación no podía ser peor. Marc, haciéndose cargo de lo que ocurría y sujetándola con fuerza por el brazo, la sacó de allí a toda velocidad a través de matorrales, piedras y hojas que se confundían entre sus pies. No pararon de correr durante un buen rato, hasta llegar a lo alto de una pequeña colina, desde donde por fin, consiguieron ver el refugio en el que los esperaban para buscar a Anna. Emma pensó que al ritmo de sus desgracias, muy pronto la búsqueda se ampliaría a dos personas más.

   En la misma dirección y mucho más cerca, también se podía ver una pequeña cabaña olvidada. La lluvia no había cesado desde su accidente con el coche, y el cansancio junto con los sobresaltos, hacían de esa pequeña cabaña, un hotel de cinco estrellas de un paraíso caribeño. No se lo pensaron dos veces, y pasaron allí la noche con lo qué Marc todavía guardaba en su mochila perfecta.

   A la mañana siguiente y con buen sol, lograron llegar al refugio. Fue una grata sorpresa encontrar a Anna a salvo, a la que habían rescatado unos montañeros el día anterior. Primero dio un gran abrazo a su querida amiga cerciorándose que estaba bien, y sin pensárselo dos veces, Emma se desplomó frente al crepitante fuego de la chimenea rumiando en su fatídico fin de semana, y se dijo que, a pesar de vivir tantos contratiempos y conociendo los peligros de ahí fuera, reconfortaba encontrar a alguien dispuesto con quién compartir tantas aventuras inesperadas.

   Danna Sans.

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